Caminaba sola por las calles de un pueblo de Murcia, con las alas cortadas y las plumas arrancadas. Nadie hacía nada por ella, se reían, la cogían para hacerse fotos como si fuera un objeto de feria

Una mujer la rescató sin dudarlo, y la trajo al santuario para que cuidásemos de ella, y le diésemos la atención que necesitaba.

A pesar de la horrible situación de la que venía, se mostraba curiosa y cercana, cantarina, sin miedo a nosotras.

Ahora es quien da vidilla al santuario, paseándose por cada rincón, descansando con las ovejas, buscando la sombrita debajo de los frutales, pidiendo mimos, disfrutando de su vida, libre, sin que nadie abuse de ella, comiendo sus huevos, para recuperar el calcio perdido de la puesta, algo que nunca antes pudo disfrutar